Aunque sean pocos los testimonios conservados respecto a sus compañeros varones, la figura de la mujer también desempeñó un papel fundamental en las salinas de la Bahía de Cádiz. Primero como propietaria, como heredera de grandes fortunas que en los siglos XVIII y XIX incluían explotaciones de sal, como no podía ser de otra forma, dado lo lucrativo del negocio en aquellos momentos; pero también como obrera, pues, a principios del siglo XX, fueron ellas, las mujeres de los trabajadores salineros, quienes salieron a las calles para denunciar la villana explotación que sufrían sus maridos trabajando a destajo, por un mísero jornal y lejos de los seguros laborales. Al fin y al cabo eran las primeras en padecer las consecuencias en su dimensión más doméstica y familiar, en aquellas habitaciones de las Callejuelas isleñas conectadas por un patio con las de sus vecinas, con las que compartían retrete y cocina.
